Ya es un lugar demasiado común responder que para nada, así que tal afirmación me está vedada. Intentemos algo más original, tratemos de justificar su existencia. De hecho existen y desde ha tiempo, así que alguna función tendrán, ¿no? Y ya que existen, mejor es mantener relaciones diplomáticas con ellos.
Una manera hábil de encarar el asunto es reformular la pregunta: “a quién” le sirve un crítico. Aquí ya podemos desguazar mejor el problema, tarea a la que me entrego con ardor. Me circunscribo al mundo musical, el que menos ignoto; posiblemente se hallen paralelos en otros medios artísticos y-por qué no- científicos.
La función principal del crítico es verbalizar lo que los creadores han hecho para facilitar el acceso a sus obras. Ésta es una tarea intrínsecamente didáctica, de información, descripción, contextualización, de análisis, de entender y explicar cómo suceden las cosas, de elaboración de teorías (o al menos hipótesis de trabajo razonables).
El destinatario directo, el principal beneficiario, es el profano; ya sea que el crítico oriente a la masa de “consumidores de cultura” (término repugnante, pero útil); ya sea que asesore a los organizadores de conciertos (cuya obligación fundamental no es conocer a fondo los caminos tortuosos de la creación sino coordinar horarios, elaborar una eficiente estrategia de propaganda, cuidar las relaciones públicas, redactar contratos coherentes, concertar alianzas con instituciones culturales, establecer y cuidar un círculo estable de patrocinadores, y –en fin- evitar la bancarrota).
En cierto modo, el crítico es como un sacerdote pagano, un “mediador entre Dios y los hombres”, con todas las diferencias del caso pero también con todos sus peligros implícitos: para mantenerse en estado relativamente puro, un crítico debe evitar generar una casta de administradores de la única verdad (como es sabido, “verdad hay una sola, la mía”).
Pongamos el aspecto positivo. Un crítico debiera (bien pudiera):
- Divulgar el conocimiento estético (en el mismo sentido que Isaac Asimos o Carl Sagan han divulgado el conocimiento científico, es decir, sin bastardearlo demasiado).
- Aconsejar a los organizadores de conciertos, conductores de audiciones radiofónicas o empresarios de casas editoriales para elegir repertorio; tarea delicadísima que implica, en el fondo, determinar –manipular- destinos profesionales de compositores e intérpretes.
- Dar elementos válidos para que el lego pueda moldear su propio criterio estético, para que el público se autocapacite para un consumo alerta –no pasivo- de productos culturales. Con que el crítico ofrezca al menos “reglas de pulgar” ya es suficiente, mucho más tampoco es realista. “Desasnar” es una denominación digna y sintética para esta noble labor.
- Poniéndonos extremos, puede ayudar que un crítico señale y diferencia lo quietista de lo progresivo, lo reaccionario de lo arriesgado, lo tramposo de lo sincero, lo acomodaticio de lo valiente. Pero afirmo esto no sin reservas: ¿cómo se diferencia la paja del heno sin el riesgo de ver sólo la paja en el ojo ajeno? Para decir qué es verdadero y falso en arte, qué está bien o mal, habría que estar capacitado para determinar – por ejemplo- si una idea artística en concreto está expresada de manera óptima y desarrollada al máximo de sus posibilidades. Pronto repetiríamos la injusticia de Pierre Boulez cuando critica a Arnold Schoenberg por quedarse a mitad de camino, por no llevar al extremo el pensamiento dodecafónico y extrapolarlo a las duraciones, intensidades, ataques y timbres; lo cual equivale a reprocharle a Newton el no haber elaborado la teoría de la Relatividad. Muchachos, llega un momento en que cada uno hace lo mejor que puede. ¿Debe ser el crítico un hacedor de productos culturales? Hay quien sostiene que sí, que sería recomendable (como Coriún Ahoronián en su breve ensayo Crítica, de 1986), así tiene experiencia “desde dentro”. Aunque yo no lo veo como una necesidad imperiosa. Sí es imprescindible que el crítico sea un oyente profesional con capacidad de análisis y de verbalización, de poner en palabras, lo opuesto a un diletante al estilo “me gusta/no me gusta”. Además, un enorme peligro del creador metido a crítico es el de la excesiva subjetividad.
La subjetividad, el gusto, son inevitables y no son indeseables de por sí. No por ser algo subjetivo es menos real. Faltaba más. Ocurre que por lo general un creador tiene una posición tomada, ha asumido opciones estéticas fuertes, tiene –por definición- una manera particular de ver el mundo (sonoro, pictórico, el de las ideas). En teoría, al menos, un crítico comprende los procesos de creación pero no se compromete con exclusividad con ninguno de ellos, no “se casa” con ninguna corriente estética en particular; debe esforzarse constantemente por expandir su horizonte de experiencias (auditivas, visuales) y ampliar su capacidad de interrelacionar y hallar paralelismos allí donde no se presupone que existan. En caso ideal, el crítico será como un barómetro lo suficientemente sensible como para detectar los primeros cambios de presión (=convulsiones en el ambiente artístico) antes de que se desencadene la tormenta (=surgimiento de una nueva corriente estética). Qué lejos está este anhelo de la cruda cotidianeidad.
¿Puede un crítico influir en los creadores? Tal como venía la argumentación expuesta hasta aquí, pareciera que no, porque su función es relatar lo que hizo otro y porque las teorías (o las hipótesis) se fabrican para acercarse a las obras, no para producir. Sin embargo, de hecho, un crítico puede cumplir una función comparable a la de un psicólogo: repetir, como un eco, lo que dice el creador, relacionándolo con lo que dijo hace tres meses o tres años, reconstruyendo su discurso, planteando preguntas capciosas, y de este modo contribuir a que el autor tome conciencia de algún aspecto escondido de sus procesos de creación, profundice su pensamiento artístico y que escriba (componga, dibuje) de manera más integral.
Otra manera sana de influir (enumerar las maneras enfermas y destructivas rebasaría los límites de esta revista) es azuzar, inquietar, estimular, picanear, incitar, aguijonear, sugerir, insinuar, despertar curiosidad. “Sería interesante que existiese una obra con tales características”. Realizar la crítica descriptiva de una obra inexistente puede estimular la imaginación calenturienta de alguno. Caso paradigmático (cierto que algo extremo) es el inexistente Apocalipsis cun Figuris que Thomas Mann describe en Doctor Faustus. Inexistente hasta que varios litros de compositores se pusieron –a posteriori- a escribirlo.
“Caramba” me dice un colega a quien mostré los bocetos de este ensayo. “Pareciera que un crítico tiene que ser Superman”. No sé qué se pensaría. ¿Acaso los críticos son seres diletantes, snobs, exhibicionistas, preocupados por su prestigio social y por figurar, castrados castradores que canalizan sus frustraciones ejercitando la crítica como terapia ocupacional durante las horas solitarias, ya sea bajándole la caña a lo que no se ajusta al canon o escribiendo con lo ojos en blanco sobre esas cosas que nunca se alcanzan? Pero por favor.
Juan María Solare. Doce notas. Preliminares, nº 9
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1 comentario:
Hola, hubiera sido cortés preguntar previamente al autor -a mí- si autorizaba la reproducción de mi artículo. Al menos, puedes incluir un link a mi página web, para que la gente tenga a quién reclamarle ante las pavadas aquí vertidas.
También hubiera sido bonito respetar el layout original, con negritas, cursiva, justificación de párrafos... sepración en párrafos... ¿No te animas a embellecerlo para que se parezca algo más al original y de paso sea más legible?
Muchas gracias
Juan Maria Solare
http://www.JuanMariaSolare.com
http://www.tango.uni-bremen.de
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