Mucho ha llovido desde que un joven guitarrista tocara de la mano de Gerry Mulligan y Chet Baker en el Carnegie Hall de New York hasta el pasado sábado, en el que apareció ante el publico del Festival de de Jazz de Cartagena. Compartir escenario con Miles Davis, tocar con Metheny, ser el más aventajado de los estudiantes de Berklee o estar considerado uno de los tres guitarristas más importantes de jazz del momento, hacen que John pueda imaginar lo que quiera con su instrumento, pero los tiempos de romper el oído al público ya pasaron y Scofield coge su Ibanez jsm100 vt (que es en realidad una copia de la mítica 335 de Charlie Cristian) y vuelve al folk y al rock, pasándolo todo por la batidora del be bop.
Los huesos se estremecen cuando sale al escenario con un su banda (Steve Swallow al bajo, Bill Stewart a la batería) más una sección de vientos (Roger Rosenberg, Jim Pugh, Lawrence Feldman) , empieza a sonar The House of the Rasing Sun, y por un momento nos imaginamos que estamos junto a Dylan y Eric Burdon viendo un striptease en cualquier tugurio de la irrecuperable Nueva Orleáns. Así el concierto se desarrolla en una orgía de sonidos en los que la pedalera de efectos tiene cada vez menos espacio en el auditorio, mientras que las antiguas pentatónicas son retorcidas dejando de lado toda fría improvisación modal.
Scofield está en plena forma y los temas de su nuevo disco (This meets that) están llenos de fuerza, pero cerrados por unos elegantísimos arreglos de viento que culminan cada tema introductorio y conclusivo. Así después de retorcernos en un éxtasis sonoro (y es que esto es jazz) durante la improvisación, los temas nos acarician y nos hacen suspirar al igual que la calma que viene después de la tormenta.
Scofield también ha aprendido ha meterse al público en el bolsillo y termina con un clásico, pero no es un tema de Charlie Parker lo escogido, ni ninguno de su maestro Mingus… empieza a sonar el riff de (I can´t get no) Satisfaction y la gente empieza a mover la cabeza de arriba a bajo. Por un momento John se vuelve loco y, aunque ya no le quede mucho pelo en la cabeza y parezca más un profesor de Universidad que un rockero, tenemos la impresión de estar en 1969 y que pronto romperá la guitarra contra el suelo.
Así fue este emocionante concierto, memorable, que todo amante de Jazz recordará en sus oídos y en su retina para el resto de los días.
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