CRÍTICA MUSICAL
Il burbero di buen cuore, Vicente Martín y Soler
Teatro Real. Madrid. Octubre, 2007.
Han sido necesarios doscientos un años desde el fallecimiento del Maestro Vicente Martín y Soler y diez años desde la aparición del Teatro Real, para albergar una de las obras más significativas de dicho compositor, que sin lugar a dudas obtuvo un importante reconocimiento en la Europa de sus tiempos.
El espectáculo, una ópera bufa en dos actos, estuvo representado por un elenco de gran calidad. Elena de la Merced, a pesar de ser la conductora de la obra, en muchas ocasiones se vio superada por la suntuosa actuación de Carlos Chausson; Véronique Gens llevó a cabo las arias producto de Mozart; a destacar las actuaciones de Cecilia Díaz, Saimir Pirgu, Juan Francisco Gatell, Luca Pisaroni, que resultó muy convincente y Josep Miguel Ramón.
La correcta sucesión de arias -en algún caso dúos o tríos-, que con una mala regencia podrían haber sido motivo de sopor, lograron mantener durante toda la obra la expectación del público. El deseo de que la escena alcanzase la explosión total se consigue con unas magníficas alianzas vocales al final de cada acto, en las que los ocho intérpretes logran una sensación de conjunto ideal.
Han sido necesarios doscientos un años desde el fallecimiento del Maestro Vicente Martín y Soler y diez años desde la aparición del Teatro Real, para albergar una de las obras más significativas de dicho compositor, que sin lugar a dudas obtuvo un importante reconocimiento en la Europa de sus tiempos.

El espectáculo, una ópera bufa en dos actos, estuvo representado por un elenco de gran calidad. Elena de la Merced, a pesar de ser la conductora de la obra, en muchas ocasiones se vio superada por la suntuosa actuación de Carlos Chausson; Véronique Gens llevó a cabo las arias producto de Mozart; a destacar las actuaciones de Cecilia Díaz, Saimir Pirgu, Juan Francisco Gatell, Luca Pisaroni, que resultó muy convincente y Josep Miguel Ramón.
La correcta sucesión de arias -en algún caso dúos o tríos-, que con una mala regencia podrían haber sido motivo de sopor, lograron mantener durante toda la obra la expectación del público. El deseo de que la escena alcanzase la explosión total se consigue con unas magníficas alianzas vocales al final de cada acto, en las que los ocho intérpretes logran una sensación de conjunto ideal.
Unas actuaciones de gran calidad, tanto vocal como dramáticamente, y sin las cuales la obra en sí, carecería de interés alguno.
Todo este despliegue se vio turbado por el resto de elementos que conforman la obra: dirección musical y escenografía.
Musicalmente, y pese a que la dirección corría a cargo del especialista en música de este periodo Christophe Rousset, la orquesta no supo sacar todo el partido posible a una obra de suculenta música. La falta de simultaneidad entre las voces e instrumentos, así como la sensación de “arrastre sonoro” que en determinados momentos de las arias acontecían en el foro, fueron algunos de los asaltos a los que, en repetidas ocasiones tuvo que enfrentarse el oyente.
La escenografía corre a cargo de Irina Brook; la acción se desarrolla en un único espacio, lo cual cohíbe bastante a la hora de enriquecer el movimiento y desarrollo de la obra, pero aún así, este estatismo en el que se podría caer está bien defendido y por consiguiente es evitado. Sin embargo, lo que merece un verdadero análisis es el decorado de dudoso rigor estilístico, bien por la falta de existencia del mismo o por no saber ser transmitida la verdadera intencionalidad de éste. Ante la idea de la convergencia entre dos estilos tan contrarios como son el estilo de principios del S. XVIII y el actual S. XX, idea que resulta muy recurrida en diferentes montajes, aquí desempeña un papel poco sugerente, por lo que no justifica la situación esperpéntica a la que en ocasiones se llega.
No se pone en duda la calidad de esta obra Il burbero di buon cuore, compositor: Vicente Martín y Soler, libretista Lorenzo da Ponte. Una obra redonda, divertida, sencilla, atrayente… que no contó con los elementos apropiados para dejar este sabor de boca a todo un público expectante ante la primera vez que dicha representación era albergada por el Teatro Real.
Marta Somoza
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