La obertura beethoveniana está escrita para un drama del escritor austriaco Heinrich Joseph von Collins, secretario áulico del emperador austriaco, que se había inspirado en los dramas de Shakespeare, y es la única de las oberturas que acaba de forma trágica. Beethoven la compuso en muy poco tiempo, paralelamente con la Sinfonía núm. 5, con la que comparte tonalidad, a principios de 1807 y se sabe que ya en marzo de ese año se interpretó en un concierto celebrado en el Palacio del Príncipe Lobkowitz. Esta obertura prefigura ya el género futuro del poema sinfónico, desde que se dio a conocer ha tenido constante éxito y es una obra que aparece repetidamente para abrir muchos conciertos sinfónicos en todo el mundo.
La obra empieza sin ninguna preparación en un Allegro con brío en compás de cuatro por cuatro que nos pone en contacto inmediato con el orgullo del héroe y, tras los acordes contundentes, se introduce el borrascoso tema en do menor que se desarrolla nervioso e inquieto, realzando el trágico destino de Coriolano. El segundo tema, de carácter cantable, presentado por violines a los que se suman las maderas, nos presenta las características de la madre del tribuno y sus súplicas ante el implacable hijo. Y es el conflicto entre los dos temas el que acabará por quebrar el ánimo del personaje. Se vuelve a escuchar el tema del Coriolano que luego se irá quedando sin fuerza. El sonido se hace oscuro y áspero subrayando la auto culpabilidad del héroe que se había convertido en un traidor. A continuación avanzamos más de cien años hasta encontrarnos con la Sinfonía de cámara núm. 2, op. 38 de Arnold Schoenberg. El autor de origen judio empezó a componerla justo tras acabar la Sinfonía de cámara op.9, incluso se sabe que dos tercios de la obra estaban ya listos en el mismo 1906 en el que la obra se termina. Pero Schoenberg hubo de dejarla de lado y, aunque volvió a ella en 1911 y en 1916, la obra quedó inacabada hasta su exilio americano donde la concluye en 1939 para atender una petición de Fritz Stiedry. Este director la estrena con su orquesta de los Nuevos Amigos de la Música el 15 de Diciembre de 1940 en Nueva York. Schoenberg hubiera podido disponer de unos efectivos amplios porque la orquesta de Stiedry los tenía, pero no quiso hacerlo para no traicionar el espíritu tímbrico con que la obra había sido concebida desde sus comienzos y que es el mismo de la primera de estas sinfonías camerísticas: confiar un amplio trabajo formal no a una masa orquestal sino a un amplio elenco de solistas, aunque distinto del de la primera puesto que aquí hay maderas y metales a dos (sin trombones) y un quinteto de cuerda. Hay que decir que Schoenberg se encontraba en un momento en el que no sólo practicaba música atonal sino estrictamente dodecafónica, como lo demuestra el concierto para violín y orquesta que acaba de terminar, pero en esta Sinfonía de cámara núm. 2, op. 38, quiso ser fiel al espíritu con que la comenzó y mantenerse en el concepto tonal ampliado en el que se movía en 1906.
La melodía se desarrolla en dos movimientos amplios y, aunque esbozó un tercero, luego lo retiró por la gran coherencia formal que logró en esta obra bipartita que se inicia con un Adagio en mi bemol menor que volverá a reaparecer como colofón del segundo movimiento, un Con fuoco en sol mayor como un epílogo molto adagio. Desde qu expone el primer tema con una melodía de la flauta hasta el final de carácter resignado, asistimos a un desarrollo formal interesantísimo en el que Schoenberg demuestra su tantas veces probada admiración por Brahms, cuyo modelo estructural no deja de estar de alguna manera presente en este amplio trabajo constructivo.
Tras el cóctel del descanso, la velada se cerró con el Concierto para piano núm. 1, en re menor, op. 15 de Johannes Bramhs, claro ejemplo de ese virtuosismo trascendental que acuñará Liszt. El joven pianista Zoltan Fejervari fue el intérprete solista que con tan solo 21 años de edad elevó la música de Bramhs mediante una. La gestación del Concierto núm. 1 fue compleja y dilatada y sus orígenes se remontan hasta 1854 cuando Bramhs planifica una sonata para dos pianos ya en la tonalidad de re menor. Posteriormente, por consejo de Schumann, Bramhs intenta convertirla en una sinfonía orquestando la sonata. Finalmente decide que sea un concierto para piano y orquesta. Con este formato se estrena en Hannover el 22 de enero de 1859 bajo la dirección de Joseph Joachim y con el autor, que todavía era un excelente pianista y todavía se ganaba la vida
como tal, en calidad de solista. La obra no tuvo ningún éxito, hecho que repitió en audiciones posteriores, pero originó cierta controversia en la crítica y poco a poco fue ganando el gusto del público.
El primer movimiento es un Maestoso y pocas veces se ha dado un comienzo concertístico tan monumental. Incluso antes de la primera entrada del piano hay una amplia introducción orquestal. Esto, desde luego, desazonó a los primeros públicos porque además se desarrollaba de manera muy lenta. La solemnidad introductoria se la da el primer tema que, sobre un redoble de timbales, enuncia tres sonidos descendentes y luego ascendentes, que desembocan en una batería de trinos en toda la orquesta, algo que será muy característico de todo el movimiento. Tras un episodio intermedio en el suena de fondo el motivo de tres sonidos, vuelve el primer tema con una sorprendente variante que el piano hace inmediatamente suya. El piano es difícil de interpretar pero no muestra una espectacularidad virtuosa sino profunda. La doble exposición, en la que el piano introduce trinos en octavas, desemboca en un desarrollo lleno de tensiones que culmina en poderosos pasajes en trinos. La reexposición es abierta por el piano en un inesperado mi mayor, mientras que las cuerdas y el piano retoman el tema de trinos. Vueltos al re, pero ahora mayor, la orquesta y el piano coinciden en una coda enérgica sin que se hay6a producido la esperada cadencia solística.
El Adagio es una forma tripartita A-B-A en cuyas páginas Bramhs anotó el texto del Benedictus de la misa latina, lo que ha sido interpretado como un homenaje a póstumo a Schumann que acababa de fallecer. El movimiento tiene un carácter íntimo, casi religioso, y está basado en diálogo muy trabado entre piano y orquesta en forma similar a la del coral. La parte central es un tema elegiaco en fa sostenido menor, que alterna en clarinete y oboe, y luego en el piano. De nuevo volverá el coral para conducir hasta el final del movimiento. El final es un Allegro ma non troppo en forma de rondó. El tema, de cierto vigor rítmico y de carácter sincopado es expuesto por el piano y retomado por la orquesta. Los ritornelos se van separando por episodios secundarios que en algunos casos son delicados y contrastantes hasta que, una y otra vez, vuelven las síncopas. Hay un episodio en el tema adopta la forma de un fugato en si bemol mayor, tras el que irrumpe el ritornelo en re menor. Luego aparece una cadencia pianística, totalmente escrita por Bramhs. Tras la vuelta al re menor, el epílogo es una especie de marcha en fagotes y oboes que enlazan con una coda construida sobre las síncopas hacia un final que, sin romper el dramatismo de la obra, tiene una atmósfera más etérea.
José Miguel Jiménez Alonso
La melodía se desarrolla en dos movimientos amplios y, aunque esbozó un tercero, luego lo retiró por la gran coherencia formal que logró en esta obra bipartita que se inicia con un Adagio en mi bemol menor que volverá a reaparecer como colofón del segundo movimiento, un Con fuoco en sol mayor como un epílogo molto adagio. Desde qu expone el primer tema con una melodía de la flauta hasta el final de carácter resignado, asistimos a un desarrollo formal interesantísimo en el que Schoenberg demuestra su tantas veces probada admiración por Brahms, cuyo modelo estructural no deja de estar de alguna manera presente en este amplio trabajo constructivo.
Tras el cóctel del descanso, la velada se cerró con el Concierto para piano núm. 1, en re menor, op. 15 de Johannes Bramhs, claro ejemplo de ese virtuosismo trascendental que acuñará Liszt. El joven pianista Zoltan Fejervari fue el intérprete solista que con tan solo 21 años de edad elevó la música de Bramhs mediante una. La gestación del Concierto núm. 1 fue compleja y dilatada y sus orígenes se remontan hasta 1854 cuando Bramhs planifica una sonata para dos pianos ya en la tonalidad de re menor. Posteriormente, por consejo de Schumann, Bramhs intenta convertirla en una sinfonía orquestando la sonata. Finalmente decide que sea un concierto para piano y orquesta. Con este formato se estrena en Hannover el 22 de enero de 1859 bajo la dirección de Joseph Joachim y con el autor, que todavía era un excelente pianista y todavía se ganaba la vida
como tal, en calidad de solista. La obra no tuvo ningún éxito, hecho que repitió en audiciones posteriores, pero originó cierta controversia en la crítica y poco a poco fue ganando el gusto del público.El primer movimiento es un Maestoso y pocas veces se ha dado un comienzo concertístico tan monumental. Incluso antes de la primera entrada del piano hay una amplia introducción orquestal. Esto, desde luego, desazonó a los primeros públicos porque además se desarrollaba de manera muy lenta. La solemnidad introductoria se la da el primer tema que, sobre un redoble de timbales, enuncia tres sonidos descendentes y luego ascendentes, que desembocan en una batería de trinos en toda la orquesta, algo que será muy característico de todo el movimiento. Tras un episodio intermedio en el suena de fondo el motivo de tres sonidos, vuelve el primer tema con una sorprendente variante que el piano hace inmediatamente suya. El piano es difícil de interpretar pero no muestra una espectacularidad virtuosa sino profunda. La doble exposición, en la que el piano introduce trinos en octavas, desemboca en un desarrollo lleno de tensiones que culmina en poderosos pasajes en trinos. La reexposición es abierta por el piano en un inesperado mi mayor, mientras que las cuerdas y el piano retoman el tema de trinos. Vueltos al re, pero ahora mayor, la orquesta y el piano coinciden en una coda enérgica sin que se hay6a producido la esperada cadencia solística.
El Adagio es una forma tripartita A-B-A en cuyas páginas Bramhs anotó el texto del Benedictus de la misa latina, lo que ha sido interpretado como un homenaje a póstumo a Schumann que acababa de fallecer. El movimiento tiene un carácter íntimo, casi religioso, y está basado en diálogo muy trabado entre piano y orquesta en forma similar a la del coral. La parte central es un tema elegiaco en fa sostenido menor, que alterna en clarinete y oboe, y luego en el piano. De nuevo volverá el coral para conducir hasta el final del movimiento. El final es un Allegro ma non troppo en forma de rondó. El tema, de cierto vigor rítmico y de carácter sincopado es expuesto por el piano y retomado por la orquesta. Los ritornelos se van separando por episodios secundarios que en algunos casos son delicados y contrastantes hasta que, una y otra vez, vuelven las síncopas. Hay un episodio en el tema adopta la forma de un fugato en si bemol mayor, tras el que irrumpe el ritornelo en re menor. Luego aparece una cadencia pianística, totalmente escrita por Bramhs. Tras la vuelta al re menor, el epílogo es una especie de marcha en fagotes y oboes que enlazan con una coda construida sobre las síncopas hacia un final que, sin romper el dramatismo de la obra, tiene una atmósfera más etérea.
José Miguel Jiménez Alonso
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