jueves, 17 de enero de 2008

Crítica de La Bruja en el Teatro de la Zarzuela

Madrid, 11 de noviembre de 2007


Roberto Pérez Gayo.


Se ha hecho esperar, pero tras el comienzo en Septiembre de la Temporada 2007/2008 del Teatro de la Zarzuela, por fin llega la reposición del montaje que Luis Olmos dirigiera en el año 2002 de La bruja.
Esta obra, estrenada en 1887 en el mismo Teatro, es sin duda uno de los títulos más relevantes del repertorio zarzuelístico, una asombrosa historia de amor ambientada en el Valle del Roncal capaz de cautivar sin descanso durante los tres actos que la componen. Y Luis Olmos, sensible al trasfondo de cuento que posee esta obra, ha puesto en escena una versión abiertamente fantástica que ha permitido recrear un mundo de ensoñación.
Pero la verdadera grandeza de esta propuesta reside en la consecución de un complicado reto escénico. Gracias a las creaciones coreografías de Fuensante Morales, la danza se nos presenta como un auténtico hilo conductor que consigue matizar y suavizar el destacado choque entre el teatro hablado y el teatro cantado que presenta esta obra.
Así mismo, si a todo ello le unimos una inspirada escenografía de Gabriel Carrascal, podemos afirmar que en esta versión se ha logrado crear un fértil espacio escénico en el que los cantantes puedan sentirse cómodos a la hora de moverse en la parte actoral, algo que habitualmente suele provocarles cierto temor.
A lo largo de los 21 números musicales que conforman la partitura encontramos momentos verdaderamente inspirados que suponen un complicado reto vocal. Es por ello que el reparto en esta ocasión se ha cuidado con mucho mimo siendo, sin duda, uno de los principales reclamos.
Destacar a un José Bros lleno de matices que asume con una alta calidad técnica y una emotiva expresión un nada fácil papel de Leonardo, en el que la dificultad reside principalmente en la gran variedad de estados que presenta a lo largo de la obra.
Así mismo, aplaudir también a una Nancy Fabiola Herrera cuya mejor herramienta es la naturalidad con la que enfrenta un también complicado papel de bruja. Su voz cálida, aterciopelada, alejada de todo artificio es el mejor hechizo para conquistar, tanto a Leonardo, como a los asistentes a la representación.
Sin embargo, como es bien sabido, los finales de cuento son complicados de encontrar en la realidad. Y pese a que es fácil dejarse llevar por el entusiasmo que provoca todo este despliegue, no hay que pasar por alto las desajustadas intervenciones del coro y la notable desconcentración de una orquesta con un poco inspirado Miguel Roa al frente.
Y mucho menos hay que olvidar la gran ausencia de la noche: la edición de los programa-estudio que desde siempre han permitido a los asistentes revivir las funciones en sus casas con los libretos, o profundizar en las obras con los interesantes artículos de especialistas en la cuestión.

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